SÍMBOLO

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E

s difícil encontrar momentos de humanidad en la levedad cotidiana, donde los ritos diarios llevan a sentirnos acurrucados en la cuna. Hoy llueve en Hiroshima y a pesar que la temperatura no es baja, hace frío. Un frío que no es físico. Camino algo aturdido por el peso de la evidencia, por los símbolos que pueblan el parque del memorial. Es segunda vez aquí pero esta es diferente.

Quizás viendo el objeto otra vez paso de una interpretación liviana a una algo más aguda. No sé de filosofías, pero las cosas tienen un ethos que subyace a la apariencia inicial. 7 Yosuke me inocula una imagen difícil de olvidar; la de un río de sangre lavada por la marea vaciante; sangre de los sobrevivientes que se sumergían en el agua para aplacar el dolor de las quemaduras.

La historia es una misma con la de una niña que muere 10 años después por la leucemia, haciendo origamis de una grulla hasta el último de sus días. Los origamis no son simples juguetes, son símbolos de paz, símbolo de esa niña y de todas las niñas que vivieron esos días. Recuerdo a mis enanos y esa pequeña ahora tiene rostro, sonriente.

La primera vez en el memorial me llené de números, nombres y cifras, buscando completar la cronología de los hechos que ocurrieron el 6 de agosto de 1945, cuando cayó la bomba. Fue un día de sol el escogido para que el Enola gay registrara las consecuencias de la explosión desde el aire. En esta segunda visita poco importa aquello. Los números se desvanecen y pierdo la seguridad cuantitativa de ingeniero.

Me siento débil, vulnerable. Dibujo flores negras sobre los datos que escribí la primera vez. Jamila me dice que ellas parecen los dedos de un camaleón. Yo veo en esas flores la abstracción de esos dientes de león cuyas esporas soplaba para que se las llevara el viento patagónico (quizás el único recuerdo de Río de Los Ciervos, en Punta Arenas).

Si hay algo único en este lugar es el simbolismo de cada retazo de historia. Un campanario tañe un sonido puro, disminuyendo asintóticamente su volumen, sin acabar. Su vibración vive en la eternidad, recordando a los muertos. Intuyo que esa noción de eternidad le da sentido a la vida de los sobrevivientes: la pertenencia a un linaje que muere y vive en este territorio-isla, por los tiempos de los tiempos.

Quizás por ello Hiroshima se reconstruyó sobre ese mismo suelo todavía caliente, a pesar de la radiación, a pesar de la ocupación americana de 7 años durante la cual se no se habló de lo sucedido. Esa tierra vio a un pueblo discriminado por no poder dar luz a una nueva generación, un pueblo que miró y mira con recelo a los afuerinos que amenazan la cuna. Un pueblo que ha cometido similares atrocidades en otras tierras, pero que hoy prohíbe las armas nucleares. Una niña llora en el museo. Tiene los ojos rasgados y la tez rosada. Su padre que pasea el coche parece americano, su madre es definitivamente japonesa.

 

 

Por Patricio Winckler

Ingeniero Civil Oceánico

Miembro e investigador de COSTAR

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