ARTE & TERAPIA

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Por dos años Claudia Triviño lidió con el cáncer encontrando refugio en el arte. Considerando que sus exámenes mejoraban notoriamente cuando se involucraba en diversas técnicas visuales decidió dar un vuelco en su vida y renunciar como ejecutiva del Banco Edwards para enseñar a otros. De aquella difícil etapa solo quedan recuerdos y una gran lección: no guardar nuestras penas. En este escenario, dejar los problemas de lado mientras surge la creatividad artística aparece como una gran opción.

Veinte años atrás a Claudia Triviño le diagnosticaron cáncer. Reconoce que cargaba con una gran pena, además su trabajo como ejecutiva de personas en el Banco Edwards le exigía demasiado. “Llega un momento en que la vida te pasa la cuenta; a mí me sirvió mucho refugiarme en el arte y darle un vuelco a todo”, relata. Renunció a su empleo y tomó cuanto curso pudiera para reencontrase con esa niña criada  en Los Andes que a su alcance siempre tenía lápices y hojas para colorear.

Conversamos con la ex profesora de Artel en su casa de Lomas de Montemar, residencia que habita desde 2018 con su marido Juan, antes vivieron en el sector oriente de Santiago. Acompañados por medialunas y  café Claudia recuerda aquella difícil etapa de su vida lidiando dos años con la enfermedad. “Cuando me dio cáncer bajé las revoluciones; entendí que de verdad quería dedicarme al arte. Por supuesto mi esposo me apoyó, pensando – imagino – que pronto volvería a mi rutina profesional. Eso nunca ocurrió”.

¿Vinculas el cáncer a las penas que guardamos?

“Así dicen. En mi caso mantenía la pena de mi primer matrimonio, la muerte súbita de mi bebé de dos meses. Y yo creo que uno sigue, pero la vida te pasa la cuenta”.

Fueron dos años de larga lucha…

“Hubo momentos de mejora, pero luego el cáncer reaparecía. Me tuvieron que operar en un par de ocasiones también. En ese período comencé a pintar, y me percaté que las etapas de baja en mis exámenes coincidían con el tiempo en que dejaba de pintar, pero cuando me volcaba de lleno al arte mis estudios mejoraban notablemente; los médicos me encontraban muy  bien anímicamente, aunque en esos años no estaba muy insertada la idea de que el arte  o ciertos aspectos terapéuticos te ayudaban a salir adelante”.

TALLERES

Durante varios años Claudia Triviño expuso como embajadora de Artel en Casapiedra. Hoy lo hace desde su residencia en Lomas de Montemar. De preferencia acoge a un público adulto desde 18 a 80 años indistintamente. “Ni te imaginas la buena onda que surge entre alumnos de edades que parecen distantes pero que encuentran en el arte un tema en común”, comenta. Las técnicas impartidas van desde falsos acabados, repujado en estaño, taller de gres y escultura, más que nada escultura en arcilla y pintura.

Dictas un curso a la vez, ¿correcto?

“Mientras vivía en Santiago tú ibas a mi taller y me decías quiero pintar un cuadro. Llevabas tus materiales y yo te daba directrices. Mientras, otra de las alumnas trabajaba en cerámica gres, repujado, etc. Cada cual respiraba su metro cuadrado, pero la verdad es que era una metodología súper desgastante. Ahora prefiero dictar un curso a la vez”.

¿Y cómo funciona asistir a la primera clase y salir con tu propia obra acabada?

“En un espacio de tres horas terminas el trabajo que comenzaste. La idea es que puedas completar tu obra en la misma clase, aunque venga sin conocimiento, así te motivas. El mensaje es que independiente de nuestras destrezas, unos más otros menos, todos tenemos cierta capacidad artística. Y como el taller incluye materiales, solo debes llegar y colocar buena onda y muchas ganas de aprender”.

¿Cuándo o de qué forma surge la terapia?

“La parte terapéutica surge en primera instancia al crearse una  dinámica de conversación entre las asistentes. Luego, algunos exteriorizan verbalmente sus problemas o mediante la misma obra”.

¿Aunque no se conozcan entre sí?

“El problema es que como seres humanos, y adultos más que todo, nos cuesta demasiado externalizar nuestras penas o dificultades; algunos optan por dejar al margen a los más cercanos se acercan a mí, me llaman o me visitan en otros horarios. Al final termino haciéndome amiga de mis alumnas”.

Mencionabas que algunos optan por dejar sus problemas en las propias obras.

“Tuve un caso puntual de una abuelita de unos ochenta años quien  comenzó a pintar y dibujar con rabia,  con ciertas mezclas negativas. Fue alumna mía durante diez años y cerca del quinto año sus motivos cambiaron radicalmente. De pintar personas en actitud negativa, de molestia, terminó pintando pájaros de vivos colores. La verdad es que nunca supe quiénes eran esas personas, mi impresión es que tuvo un mal matrimonio”.

¿Cuáles técnicas, según has comprobado, recomiendas como terapéuticas?

“En realidad  cualquier técnica o disciplina artística es per se terapéutica por una serie de razones físicas y emocionales. No obstante, he visto que una técnica que por principio puede parecer básica, hasta precaria diría, es el Decoupage – recortar y pegar -. Básicamente puedes recortar figuras de servilletas y pegarlas en cajitas o elementos de madera; ese proceso de recortar mientras vas ideando en tu mente distintas alternativas de diseño te relaja al punto que olvidas, aunque sea por ese instante, tus problemas.

También, amasar arcilla para trabajarla como cerámica gres es un proceso bastante terapéutico pues para botar el oxígeno demás en la masa se debe golpear fuerte. Por eso les digo a los asistentes que piensen en alguien mientras lo hacen, por supuesto en modo de broma. Además embarrarnos las manos nos devuelve a aquellos momentos felices de nuestra niñez”.

 

Imágenes y texto de Cristian M. Caces
INSTAGRAM: @KREOARTEE

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